‘Tramo por tramo’

‘Tramo por tramo’

Cómo mantener el delicado equilibrio entre el agua y los sedimentos en los ríos de Nuevo México

Oct / 2026

Como casi todo en la naturaleza, los ríos nos enseñan una lección sobre el equilibrio.

Pensemos, por ejemplo, en la delicada interacción entre el agua y los sedimentos.

En un río saludable, las corrientes arrastran los granos finos de arena, limo y grava, lo que mantiene el cauce lo suficientemente profundo para que el agua fluya. Parte de esos sedimentos termina depositándose en el lecho del río, donde crea hábitats esenciales para las plantas y los animales que viven allí. Las inundaciones ocasionales los transportan hacia las llanuras aluviales, donde generan hábitats para la vegetación ribereña y ayudan a que el agua se infiltre en los acuíferos subterráneos.

Entonces, ¿qué sucede cuando los incendios forestales, las sequías intensas, las inundaciones repentinas frecuentes y otros efectos del cambio climático alteran este equilibrio?

Mike Harvey es geomorfólogo fluvial y lleva casi 50 años estudiando los ríos del suroeste de Estados Unidos. Según explica, en lo que respecta al agua y los sedimentos, el cambio climático tiene un efecto doble. Se prevé que el aumento de la aridez reduzca los caudales de los ríos aproximadamente un 25% durante los próximos 50 años, mientras que los incendios forestales, las lluvias intensas y la pérdida de vegetación en las cuencas hidrográficas probablemente harán que llegue a nuestros ríos entre dos y tres veces más sedimento.

“La realidad es que, a menos que encontremos la manera de equilibrar mejor los caudales y los sedimentos, tendremos problemas,” afirma Harvey.

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El ciclo de retroalimentación entre el agua y los sedimentos

¿Por qué importa este desequilibrio? ¿Y qué podemos hacer al respecto?

Podemos entenderlo como un círculo vicioso. Menos agua significa que el sistema fluvial tiene menos fuerza para arrastrar los sedimentos. Una mayor acumulación de sedimentos reduce la capacidad de almacenamiento de agua de nuestros embalses y hace que los lechos de los ríos sean menos profundos, lo que aumenta el riesgo de obstrucciones e inundaciones. La acumulación de sedimentos también puede deteriorar los hábitats de la fauna silvestre y los ecosistemas ribereños. En resumen, la escasez de agua favorece una mayor acumulación de sedimentos, y estos, a su vez, pueden alterar el funcionamiento natural del río y perjudicar a las personas, las plantas y los animales que dependen de él.

Eso “no pinta nada bien,” dice Harvey, especialmente ahora que los habitantes de Nuevo México necesitan un suministro confiable de agua, no solo para satisfacer nuestras propias necesidades, sino también para cumplir con nuestras obligaciones con las comunidades vecinas río abajo.

Harvey señala lo ocurrido a principios del siglo XX como ejemplo. Durante ese periodo, el sobrepastoreo y la deforestación excesiva río arriba provocaron un aumento de la erosión. (Las raíces de las plantas ayudan a mantener los sedimentos en su lugar). Los sedimentos se acumularon en el Río Grande y las inundaciones recurrentes devastaron los campos de los agricultores.

En nuestra época de cambio climático, ya estamos viendo las consecuencias de este desequilibrio. En algunos afluentes, la acumulación de sedimentos ha reducido el tamaño de los cauces y aumentado las inundaciones.

Sin embargo, los efectos son especialmente evidentes en relación con los incendios forestales y el suministro de agua potable. El incendio forestal Hermit's Peak/Calf Canyon de 2022 devastó la cuenca hidrográfica situada aguas arriba de Las Vegas, Nuevo México. Cuando llegaron las lluvias, grandes cantidades de sedimentos y ceniza fueron arrastradas hacia el arroyo Gallinas, lo que obligó a cerrar la planta de tratamiento de agua cercana. El agua contenía demasiados sedimentos para poder tratarla y utilizarla.

Aliados de la naturaleza, no titiriteros

Cuando Harvey comenzó su carrera en la década de 1970, la relación de la sociedad occidental con la naturaleza era muy distinta de la actual.

“Antes drenábamos los pantanos,” dice. “Lo reconozco: lo hacíamos. Los drenábamos y así creábamos nuevas tierras agrícolas. También construíamos diques para detener las inundaciones porque, ya saben, las inundaciones eran malas.”

Hoy, los ingenieros, incluido Harvey, comprenden mejor las consecuencias de esas prácticas. Los costos ambientales y económicos de intentar controlar la naturaleza son demasiado elevados. Es mejor colaborar con la naturaleza que intentar controlarla a nuestro antojo.

Si aplicamos esa filosofía a los caudales de los ríos y los sedimentos, explica Harvey, encontramos varias soluciones posibles. No existe una solución única que funcione en todos los casos. Estas son algunas estrategias que podrían ayudar:

  • Manejo de las cuencas hidrográficas: Las cuencas saludables son menos propensas a sufrir incendios de gran magnitud y tienen mayor capacidad para retener los sedimentos. Por eso, gestionarlas adecuadamente beneficia a todas las comunidades situadas río abajo. Esto implica dar prioridad a las quemas prescritas de pequeña escala, reforestar las zonas afectadas por grandes incendios y eliminar el exceso de vegetación cuando sea posible.

  • Liberaciones de agua por pulsos: Esta estrategia ha demostrado ser eficaz a lo largo del río Pecos, en el sureste de Nuevo México. Por motivos ambientales, siempre fluye una pequeña cantidad de agua de manera constante río abajo desde el lago Sumner, al sur de Santa Rosa. Sin embargo, varias veces al año, los ingenieros liberan grandes volúmenes de agua en pulsos, conocidos como “block flows”. Según Harvey, estos pulsos de agua de gran fuerza “han mantenido la capacidad del río Pecos y su capacidad para transportar sedimentos durante los últimos 25 años.” Esta solución podría funcionar especialmente bien en el río Chama, entre Abiquiú y el Río Grande, donde el exceso de sedimentos suele dificultar que el río transporte el agua río abajo.

  • Dragado: Aunque esta medida entra en la categoría de intervención directa sobre la naturaleza, el dragado seguirá siendo necesario en algunos tramos de los ríos de Nuevo México que fueron modificados previamente mediante obras de ingeniería. Consideremos el tramo inferior del Río Grande: a mediados del siglo XX, algunos sectores del río fueron “canalizados.” Los ingenieros enderezaron, estrecharon y profundizaron el cauce, y construyeron diques para evitar las inundaciones. Cuando los sedimentos se acumulan en este tramo, es necesario retirarlos.

  • Preparar el sistema para el futuro: Gran parte de nuestro sistema actual se construyó pensando en una mayor disponibilidad de agua. Por lo tanto, parte de la solución debe consistir en adaptar nuestra infraestructura a un futuro más seco. Harvey afirma que es relativamente optimista respecto a nuestra capacidad para resolver este problema — las herramientas necesarias ya existen. El mayor desafío, explica, es conseguir la voluntad política para impulsar y autorizar esas soluciones. Modificar los caudales, permitir el almacenamiento de agua en distintos puntos del recorrido, construir y modernizar infraestructura y gestionar los acuerdos para compartir el agua — todas estas son medidas que requieren atención, flexibilidad y visión de futuro por parte de nuestros dirigentes.

En última instancia, cada región tendrá que desarrollar sus propias soluciones, adaptadas a sus necesidades particulares.

“No podemos limitarnos a considerar todo esto como un sistema integrado,” afirma Harvey. “Lo hemos fragmentado demasiado. Tenemos que analizarlo tramo por tramo y preguntarnos: ¿qué necesitamos lograr aquí? ¿Cómo podemos transportar la cantidad de agua que necesitamos desde el punto A hasta el punto B a través de esta región? ¿Con qué herramientas contamos? ¿Qué medidas podemos tomar para asegurarnos de conseguirlo?”